
Todos los días desde hace años el sonido repetitivo e irritante del despertador comienza una lenta amputación de mi persona pasadas las 7 de la mañana. Todos los días la ducha, todos los días los libros, las clases, todos los días estudien, trabajen, no cometan el error de pensar demasiado.
El resto del día me muevo por la inercia del primer impulso en una rutina cada vez más insoportable.
Es lo que llaman “deber”. Se trata del puesto que sistemáticamente se asigna a cada uno, el papel que un sistema espera que desempeñemos, sin cuestionarnos, y de hacerlo, que sea en vano, el sentido del deber y de tantas acciones que lleva a cabo el hombre.
En este caso, disciplina es sumisión voluntaria, y eso es algo que jamás conocí.
Estando hechos de circunstancias, son las que a lo largo de mi vida me han llevado a escoger la vía de mi ordenado libre albedrío. En los tiempos en los que esta decisión no cambiaba demasiado el contexto, diría que fui el niño más feliz del mundo. Parecía estar con los pies en el suelo, cuando realmente me dedicaba a visitar los rincones más increíbles del mundo sin moverme del sitio. Es algo que me tenía absorto durante horas para regresar sonriente de mis viajes.
La estantería de discos parecía quedarse corta. De Chopin a Dylan, pasando por Mozart y Pink Floyd. Llegué a memorizar obras clásicas al completo y devoraba los libros hasta tal punto que gran parte de la cultura que hoy tengo fue adquirida entonces.
Las cosas comenzaron a cambiar lentamente. Surgieron las primeras obligaciones y con ellas los primeros roces. Las libretas y agendas fueron llenándose de notas que los profesores enviaban a mis padres. Era fácil vivir de rentas -como siempre dijo mi madre-, pues sin abrir prácticamente los libros sacaba de las notas más altas de la clase.
Como jamás tuve el sentido del deber, poco a poco fui haciendo la selección de materias, y las notas de aquellas que más me gustaban fueron distanciándose del resto. Luego comenzaron las visitas con la psicóloga del centro, que intentaba averiguar qué llevaba a un niño de 9 años a comportarse así. Sus palabras no solo parecían no tener efecto, sino que la situación empeoraba.
Las llamadas desde el colegio a casa y citaciones con profesores eran cada vez más frecuentes.
-“Carlos es un foco de distracción propia y de los compañeros de alrededor excesivamente activo. Debe evitarlo.” 10 de octubre de 2002 (9 años)
-“A pesar de mis avisos Carlos está muchas veces distraído y hace tonterías para llamar la atención.” 11 de octubre de 2002
-“Desde que ha comenzado el curso, Carlos se pasa la mayoría del tiempo sin atender e interrumpiendo constantemente.” 24 de septiembre de 2003 (10 años)
-“Señores Benetó Clérigues. Carlos sigue en el mismo plan. No deja dar clase a los profesores. Además no ha traído el trabajo de matemáticas.” 2 de octubre de 2003
-“Carlos no ha traído los deberes de Inglés. En clase nunca sigue la página por la que vamos y está distraído o jugando.” 6 de octubre de 2003
-“Carlos se llevó los exámenes pero no sabe donde los ha puesto. Está en su mundo. Hoy saca la libreta cuando acabamos de corregir. ¡Tiene que centrar su atención!” 7 de noviembre de 2003
-“Carlos estaba dibujando mientras el resto de la clase trabajaba.” 26 de mayo de 2004 (11 años)
Por todas estas cosas, mi madre optó por llevarme a un recomendado centro de “atención al estudiante” donde al principio se dedicaron a hacerme pruebas de lógica y tests de inteligencia.
Una tarde la especialista estuvo hablando con mi madre sobre los resultados. Todo este entramado de números y observaciones sería algo que descubriría tiempo después, cuando encontré una carta de mi tutora dirigida a mis padres en la que trataba sobre un posible caso de superdotado.
Esto, que es algo que confirmaría tiempo más tarde pagando un test de Mensa que todavía conservo, debió ser uno de los problemas. Como quien dice, “más leña al fuego”. Mi CI resultó de 140.
Intentar hacerme entrar en “razón” mediante complicados juegos y conversaciones tampoco funcionaba, por lo que aquél centro de atención al estudiante se acabó convirtiendo en una celda de estudio, donde sí o sí tendría que hacer los deberes.
El contexto reclamaba cada vez más sumisión al deber, luego, disciplina, para seguir sin problemas el camino establecido. Entonces es cuando todo entró violentamente en colisión.
Llegué a acumular tal cantidad de partes por incidencias en el instituto, que reglamentariamente deberían haberme expulsado. Posiblemente la peculiaridad de los casos hizo que no fuera así. Jamás hubo maldad en mis actos. Eran pura rebeldía que solía estallar con la forma de actuar de ciertos profesores que hacían uso del 'porque si' y de su autoridad cuando la razón faltaba. Recuerdo que por encima de todo conflicto, lo que más les irritaba era mi más correcta forma de discutir las cosas, sin alzar la voz y educadamente. Fueron muy pocos con los que tuve problemas, aunque con uno de ellos fue más bien la guerra. Sus armas ganaban el proceso reglamentario, pero ambos sabíamos que era un asunto personal, y fuera de toda burocracia académica ella no tenía nada más que hacer. Eso le desesperaba.
La costumbre de no estudiar y aprobar de los propios conocimientos fue quedándose insuficiente, y según iba subiendo de curso los resultados eran cada vez peores. Repetí 3º de ESO tras suspender 8 asignaturas. Aquél desastre era irrecuperable con mis métodos.
Volvieron a llevarme a un especialista. Si algo había en él que me impulsaba a aceptar el deber era los 50 euros que cada sesión le costaba a mi madre. No sirvió de nada.
Los siguientes cursos fueron llegando con mejores resultados. Había trimestres donde parecía que todo viraba hacia el escollo y otros que relajaban la situación. Así fui llegando hasta bachiller.
He de decir que primero fue el curso más fácil que jamás haya hecho. La madurez que debe haber alcanzado el alumno en este curso hacía que el seguimiento del profesor no fuese tan individual, y esto me permitía no hacer las pocas cosas que antes tendría que haber mostrado. En cuanto a los exámenes, no abrí un libro, y cuando lo hice fue en la hora antes del examen. Pese a todo, suspendí sólo dos asignaturas.
“Toda dificultad eludida se convierte más tarde en un fantasma que perturba nuestro sueño.” Siempre experimenté la verdad de esta cita de Chopin. Y griego es un espectro que aún me perturba.
Desde hacía años la necesidad de evadirme aumentaba a la par que la realidad se encrudecía. Al principio me bastaba con aquellas aficiones que pudiera tener. Mis padres lo entendieron como que estas eran un foco de distracción y me castigaban privándome de ellas, cuando realmente eran una fuga. Más tarde, cuando mi edad comenzó a permitirlo, encontré en el sexo otra evasión. Lo cierto es que me convertí en un joven muy activo sexualmente, como pocos había conocido, y me sorprendía a mí mismo con el éxito con el que conseguía lo propuesto. Pero lejos de ser un motivo de alegría, la cifra en aumento comenzó a clavarse en mi conciencia cuando el sexo gratuito me dejaba vacío y helado de un afecto real. Acabé por desarrollar un rechazo sexual, un bloqueo que pude eliminar cuando comprendí por qué estaba producido. Abandoné prácticamente esas formas.
Las drogas, que casi se pueden reducir en mi experiencia a alcohol y marihuana, tampoco fueron una vía de escape. No fui tan ignorante como para darles ese uso y tuve las cosas muy claras en todo momento. Aunque he de reconocer que conservo el recuerdo de algunas borracheras épicas, y que con el THC he tenido experiencias realmente increíbles, donde uno cruza las fronteras habituales de la percepción, se consigue la más clara introspección y el mundo estalla complejo y fascinante.
Siempre le di un uso experimental, y pueden pasar meses sin consumir. Es realmente esporádico.
Conozco gente brillante que encontró en el THC el olvido de todos sus males, y es una pena, porque su realidad sigue ahí, envuelta en una neblina que impide una solución fructífera.
Dentro de esta suerte de rompecabezas, cada pieza dispersa, de la, cada vez más, destartalada locomotora que simboliza mi avance, parece encajar a la perfección en su sitio, y todo responde a un esquema coherente. Sin embargo, hace muy pocos meses que todo estalló por los aires, descarriló y sembró el caos por completo.
Jamás comprendí el sentido, y con esto quiero decir la necesidad y utilidad real, de tener que hacer lo que todos siempre habían hecho. Estudiar para encontrar trabajo, trabajar para ganar dinero, buscar casa y sucedáneos urbanos. Es un patrón que repiten millones de personas, sin cuestionarse ni saber por qué realmente lo hacen.
Algunos viven engañados, los ciegos, la inmensa mayoría. Otros pocos son los que han descubierto esta verdad, demasiado tarde algunos, y viven pegados al irrecuperable sueño de un pasado perdido.
Una pregunta escarchada y terriblemente gélida. ¿Qué hay fuera del sistema? Posiblemente nada. Son solo unos pocos los que habiendo cruzado la frontera consiguen hacernos llegar su voz desde la otra parte. Son los genios, los eternos. Aunque cada vez más gente canaliza su descontento con el absurdo sistema, la mayoría se convierte erróneamente en una caricatura, casi una burla de la causa.
Sobretodo en las grandes ciudades existen casas, normalmente ocupadas, destinadas a una causa antisistema, y solo unas pocas logran no convertirse en una aberración de porreros y rastas.
Esto es algo que jamás puedo aprobar, y conocerlo me da la ventaja de no caer en ello, aunque muy probablemente se trata de gente de reducidas capacidades intelectuales.
Por eso lo que me espera puede rozar los extremos, del absoluto fracaso a la absoluta gloria.
En cualquier caso, fracasa de nuevo, fracasa mejor.
No puedo seguir esperando, ni engañarme, ni fingir que este paisaje y este contexto me contenta. El hastío es tremendo. Estoy harto de seguir este molde.
Es por esto, además de fuertes convicciones morales, que solo puedo ser comunista y defender un sistema que ofrece la igualdad de oportunidades que no tenemos.
El modelo de vida occidental está podrido. Algunos comienzan a ver que viven en un sinsentido obsoleto. La codicia copa todos los movimientos de la sociedad, y cuando esta parece no poder ir más allá del dinero, sorprende ver como la gente especula con sus estudios, con su vida en vista de algo, porque está dicho que así debe ser.
El sistema de valores ha descarrilado, y siento que algunos nos encontramos en la misma situación de quienes pasaron por lo mismo tras la I Guerra Mundial. El suceso es casi el mismo.
Una crisis como pocas han existido, hace tambalear todo por completo, incluidos los hasta entonces incuestionables códigos y valores. El sinsentido produce las mismas víctimas. Los jóvenes del vanguardismo, el surrealismo, el manifiesto Dada, el existencialismo. El eclecticismo que no era, de aquellos, estos años. La voz de repulsa a todo, dentro de su aparente absurdismo, la más cuerda y coherente de aquellos días.
Parece casi que todo se repite, y hasta se escucha el preludio de una imprevisible guerra.
Volvemos a lo mismo Hesse, y aparece el hombre desnudo.
“Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo monstruoso, de una crisis como jamás la hubo antes en la Tierra, de la más profunda colisión de conciencias, de una decisión tomada, mediante un conjuro, contra todo lo que hasta este momento se ha creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita. Mi suerte quiere que yo tenga que ser el primer hombre decente.” Dijo Nietzsche en 'Así habló Zaratustra'.
Jamás he aceptado ni aceptaré el sinsentido. Por eso me he acostumbrado a la libertad individual, como bien inviolable, y de forma incondicional es algo por lo que pago un alto precio.
Como Hans Giebenrath, perdí parte de mi sensibilidad y me convertí en una persona muy inestable emocionalmente y solitaria a fuerza de ser guiado junto al rebaño.
Pero esto se ha acabado. No soporto cualquier privación de libertad, y cuando las circunstancias me llevan a someterme algo dentro de mi se muere.
Mi libertad, es al fin y al cabo mi muerte, pero es solo así como puedo y quiero vivir.
Carlos Benetó Clérigues.
Valencia, 24 de enero de 2012.
4 comentaris:
Me encanta cuando llega el momento en el que te paras a reflexionar por qué has llegado a ser cómo eres y puedes dar respuesta, a través de una progresión de hechos psicológicos.
El comienzo de la entrada me ha recordado mucho a un texto de Manuel Vicent. http://www.elpais.com/articulo/ultima/Bateria/elpepiult/20080113elpepiult_1/Tes
Recuerdo que una vez Gloria me confesó lo de tu CI. Años atrás, en preescolar creí indudablemente una afirmación tuya absurda ("los astronautas tienen la cara en el culo y el culo en la cara") , eras/eres de esas personas inteligentes innatas y ya se notaba por la solemnidad y firmeza de tus afirmaciones, aunque en ese momento tuviésemos menos de 5 años. También te comenté un día que si te proponías abrir un libro podrías sacar la nota más alta de la clase, si quisieras, recuerdo tu asombro... También es cierto que eres capaz de abstraerte de tu alrededor, como cuando en las reuniones del Consejo empezabas a reír.
Un texto genial.
tú, en ralidad, eres un anarquista, que somos todos aquellos que estamos convencidos de que la única manera es el más absoluto civismo, esto es lo que da la libertad. Entiende por civismo nada de lo que se pregonan en los discursos políticos actuales, claro.
Muy bien carlos, me ha encantado.
yo tb repetçi 2ª de BUP, fue una mierda, aunque todo sirve para las historias, para el arte en general, todo sirve, nuestro indidualismo repleto de carga social, qué sé yo.
Un abarzo enormne, colega
aaaaa
sin ánimo de polemizar voy a dejar ahora constancia de mis asiduas visitas a este sitio. Me enseñaron y creo que es verdad que es consustancial a un ánimo reaccionario el pesimismo y la amargura. De ambas cosas está cargadito este escrito tuyo. Impropio de tu actitud (¿o simplemente pose?) transformadora y alternativa y de la juventud con que te adornas. Cualquier proyecto, y creo que buscas alguno o al menos así lo traslucen tus escritos, exige, ya sea individual o colectivo el proyecto en cuestión, optimismo y esperanza en su pronta o tardía consecución. Con ese espiritu te invito a elegir un proyecto más allá de tu ombligo, tu despertador, tus discos, etc..... Ese espiritu optimista (defender la alegría lo llama Benedetti) es lo que te va a hacer emplear tu libertad y no sin sentido, sino de forma consciente y razonada. En todo ello sí que te será útil ese CI que dices tener. Hay por ahí, bueno en prisión de máxima seguridad, un tal Garfia Rodriguez con un CI de cojones. No le debió ser muy útil a lo visto.
Así que aprovecharlo o pasarlo de largo depende de tí (no es mía la frase, Serrat dixit). Y hasta entonces unos cuantos deberes: localizar y leer las Memorias de Lise London; hacer lo propio con A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales; localizar una mujer bella, no necesariamente guapa pero si es como la Marta que fotografiastes el mes de abril pasado maravilloso, gozar de su compañía, despedirla con un poema, por ejemplo Poema de la despedida de Jose Angel Buesa, luego de madrugada hacerle saber que la añoras con otro poema, por ejemplo Protegiendo a la número uno de Raymond Carver, y echarte a dormir con la alegría de que mañana hay cosas que hacer, llámalo deberes si quieres.
Quasimodo
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