Jamás habría imaginado años atrás
que acabaríamos así, ¡en España, en Europa, en el siglo XXI! Tan
pobres como país digo, tan hundidos en la ruina, tan en otros años.
Los pasillos de mi instituto son un
lugar oscuro. Desde hace unos días la junta directiva ha decidido
apagar las luces en vista de que no hay dinero para pagar las
facturas. Los exámenes deben ser costeados por los alumnos, al igual
que cualquier mísera fotocopia complementaria. Los departamentos de
cada asignatura, con descubiertos por gastos piden entre 2 y 4 euros
a cada alumno. Tampoco se puede pagar al encargado de mantenimiento ni otros servicios.
Hace unos días tuvo que dedicarse a colgar pizarras el marido de una
profesora.
El único dinero que ahora llega al
sistema educativo es, a duras penas, el sueldo reducido de los
docentes. Se les nota cansados, quemados. Saben que tienen que hacer
lo mismo por menos dinero. Su lugar de trabajo se ha convertido en
una carga para las arcas públicas en este sistema. Y ahí los
tienen, tan sumisos, tan tolerando lo intolerable, lo inadmisible, lo
inaceptable. Tan patéticos a veces, pobres, que hasta dan pena.
Nosotros somos los jóvenes sin futuro.
Bastantes lo saben, algunos también pero no quieren pensarlo. Otros muchos
viven en su ignorancia. La desmotivación se ha extendido como un
virus. El espectro de la crisis perturba las aspiraciones y cuestiona
la utilidad de todo este esfuerzo. Las mentes más brillantes saben
que están a la deriva. El desempleo juvenil roza el 50%.
Los cerdos nos han hundido.
Y yo espero el momento, ese que no
llega, que debe salir de nosotros pero no sabe como, ese que hará
pagar a los culpables por todo esto.
Valencia, 19 de octubre de 2011.
Carlos Benetó.

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